Porque cooperar no es (solo) ayudar a los pobres ni las ONG’s son agencias de viajes

Pozos, escuelas, caminos, hospitales, planes de urbanismo, sensibilización de la población, letrinas, casas, huertos. En los últimos 20 años la cooperación ha desarrollado miles de proyectos en docenas de países con el objetivo de mejorar la calidad de vida de su población. Desde el movimiento por el 0,7%, allá a principios de los años 90, hasta el año 2009, la considerada como la época dorada de la cooperación ha sido bien aprovechada por todos aquellos que han intervenido: voluntarios, expatriados, ONG’s, países “ayudados”, etc. (nótense las comillas).

Ahora bien, desde hace un tiempo algunos escépticos se preguntan, a mi entender con bastante sentido, el porqué de tanta ayuda al exterior, porqué dedicar tanto dinero y esfuerzo en ayudar a los otros con todo lo que tenemos nosotros encima. ¿Cómo es posible construir hospitales en otros países mientras recortamos el gasto sanitario aquí? ¿Qué sentido tiene construir escuelas en el exterior cuando aquí miles de niños estudian en barracones cada vez más llenos? Digo que entiendo que alguien se lo pregunte no porque lo comparta, sino porque me parece que es el resultado de no haber sabido transmitir la importancia de la cooperación también en nuestra sociedad.

Me pregunto ¿cuánta gente conoce el trabajo que hacen las ONG de su alrededor? ¿Alguien sabe cuántas escuelas, letrinas u hospitales se han construido gracias a sus impuestos? ¿Somos conscientes del tremendo trabajo realizado en muchos lugares que ha permitido la mejora de la calidad de vida de miles de personas? Sin duda si hay algo que criticar a la cooperación es que no ha sabido aprovechar su época dorada para crear un movimiento solidario amplio y generalizado, que haya transmitido la necesidad de cooperar, tanto para ayudar a los demás como para mejorar nosotros mismos.

La primera vez que me interesé por una ONG llamé para explicar que quería cooperar ese verano en algún proyecto. De esto hace ya muchos años, y la respuesta que recibí fue clara y memorable: “Esto no es una agencia de viajes”. La vergüenza que sentí en ese momento se transformó rápidamente en reflexión. ¿Por qué quiero cooperar realmente? ¿Es por “ellos” o realmente es por mí? ¿Si quiero ayudar a los demás, porqué tengo que irme a otro país a hacerlo? Desde entonces y hasta ahora han pasado muchos años, pero nunca he acabado de contestarme del todo a estas reflexiones. Es más, con el tiempo y varios proyectos de cooperación a las espaldas me han asaltado muchas dudas más: ¿en qué grado ha mejorado realmente la calidad de vida de las personas a las que he intentado ayudar? ¿Tantos proyectos llevados a cabo, han incidido de alguna manera en la raíz real de los problemas, o han sido simples parches temporales? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos en nuestro día a día sobre las desigualdades? Si es mucho como me temo, ¿qué sentido tiene trabajar lejos de aquí olvidando que el inicio del mal lo tenemos en casa? Y si esto es así, ¿por qué la cooperación casi siempre ha trabajado en una sola dirección?

La cooperación para el desarrollo es un movimiento joven, que ha evolucionado mucho y deberá hacerlo mucho más en los próximos años si quiere adaptarse a los problemas y a las realidades actuales. Que un grupo de voluntarios cruce el mundo para construir una escuela y vuelva a casa ha pasado a la historia, porque es caro, porque no resuelve el problema real y porque en pocos años habrá que volver para rehabilitarla. No, así no, así solo se crean uniones de dependencia. La cooperación debe ser un movimiento fundamental en la educación de nuestra sociedad, debe impregnar las aulas de las escuelas, debe sentirse en cada rincón de la calle. Porque la cooperación es necesaria porque nosotros la hemos hecho imprescindible con nuestra manera de vivir, porque tenemos la responsabilidad de ayudar a los que nosotros hemos metido en el agujero, porque si no cambiamos el problema no habrá solución por muchos parches que enganchemos. Y el problema no está allí, el problema está aquí.

Los recortes obligan a replantearse qué tipo de cooperación podemos realizar, a reflexionar sobre dónde tenemos que incidir y a preguntarnos cuestiones hasta ahora supuestas. Buena oportunidad para demostrarles a todos aquellos escépticos que la cooperación es imprescindible, innegociable. Porque la cooperación ya no es (solo) ayudar a los pobres, la cooperación es educación, es compromiso, es coherencia y es salud, la cooperación también es mejorar nuestra sociedad para mejorar la calidad de vida de cada una de las personas de este planeta.

Reflexiones sobre cooperación de un lunes de primavera

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