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La aventura de viajar en tren por China

Se abren las puertas del tren y una fila de chinos con maletas entra en silencio y con cara de sueño. Son las 4 de la mañana y estamos en algún lugar entre Pingyao y Xi’an. Sin poder dormir observo a los nuevos compañeros de vagón, no sé donde van a encajar entre la multitud, ya no digo sentarse porque no hay asiento vacío ni posibilidad de apretarse más, ni tan siquiera hay muchos huecos libres en el suelo, ocupado por gente durmiendo, más maletas y basura. El tren se pone en marcha y poco a poco los nuevos van encajando, uno bajo un asiento, otro moviendo a un dormido, y la gran mayoría de pie.

Comprar un billete de tren puede ser más complicado de lo que parece, al menos si lo que se quiere es tener una cama donde dormir y no compartir vagón con cientos de personas. Los billetes salen a la venta pocos días antes del viaje, y los que ofrecen una cama donde dormir se agotan rápidamente, por lo que es probable que se tenga que rezar para que queden, al menos, billetes con asiento, ya que sino se deberá hacer el viaje de pie (es decir, con suerte tirado en el suelo). Existe la opción de comprar el billete por internet, aún a riesgo de pagar el doble del valor real, pero en caso de tener tendencia a sufrir ataques de ansiedad en espacios cerrados abarrotados de gente es una solución recomendable.

En el vagón viajamos con una representación de las mil y una chinas que existen: desde la familia que vive en una chabola y que se dedica al cultivo de arroz, cara quemada por años de sol, manos duras como caparazones y espalda doblada, hasta los jóvenes modernos ávidos de alta tecnología, recién salidos de la peluquería y vestidos con ropa a la última. Entre estos extremos una infinidad de posibilidades, un mar de realidades en un solo país, como trenes que avanzan en paralelo pero a velocidades muy diferentes. Mientras unos viajan por el mundo, aprenden idiomas y expanden con orgullo su país, otros siguen viviendo en la burbuja china, en la que nada del exterior entra más que lo que el gobierno quiera, en esa China que se dice comunista pero que es ultra-capitalista, donde en Tian’anmen nunca ocurrió nada malo y la Revolución Cultural maoista fue un gran proyecto de educación nacional.

Revisando los libros que leí en China encuentro un escrito a lápiz y muy mala letra en los espacios en blanco de varias páginas de “China para hipocondríacos”, de José Ovejero. Recuerdo buscar desesperadamente algún sitio donde escribir, más que por inspiración por necesidad de mantener la mente pensando en otra cosa que no fuera tratar de dormir o mirar a mis compañeros de vagón.

Dada la imposibilidad de moverme a buscar la libreta, a riesgo de despertar no solo a Natàlia sino a varios funambulistas de la noche, decidí escribir en cualquier hueco que encontré. Dice así: “Los asientos van llenos de gente, donde hay 3 asientos normalmente se sientan 4, a veces incluso más. Viajan familias que sacan sus botellas y platos de fideos chinos por todos lados. El agua caliente la obtienen de un grifo al lado del baño. A veces guardan los recipientes vacíos, a veces los tiran al suelo, así como las pipas y papeles. De vez en cuando pasa el revisor barriendo el pasillo, recogiendo unos cuantos kilos de plástico y papel en cada vagón. También pasan con carritos vendiendo fruta, fideos o caramelos, chillando por el pasillo como si fuera un mercadillo, casi atropellando a los que duermen en el suelo. Son las 2 de la mañana, la gente que está despierta actúa como si fuera de día: uno escucha la música con los altavoces del teléfono al máximo, otros se ríen y hacen bromas sin bajar la voz. Otros se despiertan, los miran y vuelven a dormir, nadie se queja o protesta. El hombre frente a mi duerme encima de la mesa con un brazo extendido, que queda a un palmo de mi cara. Lleva así al menos 2 horas. Ahora Natàlia duerme, veremos hasta cuando. Tiene un hombre durmiendo en el suelo con la cabeza apoyada en sus pies, y un hombre de pie que le roba el poco espacio vital cada vez que se descuida. Se ha tapado las piernas con una manta porque andaban locos mirándole la falda, de esa forma tan directa y molesta, sin pestañear siquiera. Hemos sido un entretenimiento para el personal durante varias horas, sobretodo ella, pero poco a poco la gente deja de mirarnos. El hombre frente Natàlia alarga el cuello como una jirafa sin disimular para leer lo que estoy escribiendo ahora mismo. Lo miro y me mira. No hace ningún gesto, ni pestañea ni ríe ni desvía la mirada, solo mira con curiosidad qué hace un occidental rallando un libro con letras extrañas”.

Al llegar a Xi’an se despierta mi vecino de delante. Es un hombre de unos 45 años, ojos muy rasgados, dientes amarillos y sonrisa molesta. Abre los ojos, se estira un poco, se concentra y suelta un pedo enorme. Ya hace días que andamos por China y no nos sorprende ni que se tiren pedos ni que nadie reaccione ante el sonido alegre. Me mira, sonríe, me dice varias veces lo mismo hasta que se da cuenta de que no entiendo nada de lo que me dice. Mira el libro, lo coge, lo lee y se ríe. Esa sonrisa amarilla, esas manos sucias tan cercanas durante toda la noche, esa multitud de gente encerrada en un vagón, sin poderse mover, sin poderse dormir, con ese calor del agosto chino. Nos ponemos de pie y recogemos las maletas, al fin hemos llegado a Xi’an después de 7 horas. Mi vecino suelta un erupto al levantarse, se friega la barriga con las manos y sonríe orgulloso. De pronto, baja la mirada y escupe al suelo. En ese instante rezo para que mis albarcas queden lejos de la trayectoria.

Nota:

Reconozco que si leyera estas líneas de otra persona nunca en mi vida viajaría en tren por China. Sin embargo, me parece una experiencia casi obligatoria para entender un poco más cómo funciona la sociedad china. Si viajar es tratar de fusionarse al máximo con la vida de la gente sin parecer, en la medida de lo posible, un bicho raro, entonces el viaje en tren es una experiencia de gran intensidad y veracidad.

Las fotos no son mías pero creo que se parecen un poco a lo que pudimos vivir.

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