Sueños de Kyoto

Pongo el pie en Kyoto imaginando un mundo de samuráis y castillos japoneses, de pequeñas casas de te en callejones estrechos y oscuros, donde el caminar de una geisha atraviesa el tiempo y se desliza entre las sombras traicioneras de las afiladas esquinas del barrio de Gion. Un mundo de jardines perfectos, ambientados con el rumor armónico y bello del agua y del viento, con el sonido de las katanas y los dongs, de las palabras hechas poesía a los oídos curiosos y desafinados del extraño. Sin embargo, anchos e iluminados túneles me transportan al magnífico vestíbulo de la estación de tren, una maravilla arquitectónica moderna de 11 plantas, rodeada de anchas calles llenas de coches y altos edificios rectangulares de ese gris hormigón tan frío y tan de todas partes.

En el enorme panel electrónico de la estación, bellos símbolos japoneses se mezclan con números carentes de sentido para mi. Una mujer diminuta se acerca sonriendo, lleva una pequeña libreta roja entre las manos arrugadas y frágiles. Un gris oscuro asoma de su sonrisa casi vacía de dientes, pelo descuidado, ojos diminutos de mirada divertida. Tira de mi mochila para llamar mi atención. Parece muy vieja, milenaria, entrañable. Habla nerviosa señalando el panel de la estación, indicándome algo carente de sentido para mi. Trato de irme alegando no entenderla pero me sigue con la mano agarrada a mi mochila unos metros, hasta que desesperada se coloca frente a mi y abre la libreta, señalando una de sus páginas. En bellas letras escritas por manos temblorosas y arrugadas consigo leer:

どういったご用件ですか?// Can I help you?

Hace frío en la tierra de los cerezos perezosos de primavera, cuyo blanco latente dirige el alma de un país milenario.  De camino al hostal, enormes avenidas rodeadas de centros comerciales y pequeños restaurantes, callejones bulliciosos de estudiantes camino a casa, un tímido riachuelo silencioso entre pequeños palacios de madera, cuyas plantas desafiantes muerden el asfalto más desgastado. Cae la noche cuando llego al río Kama-gawa, las luces de las calles más comerciales se iluminan a la velocidad que oscurecen los callejones estrechos de Gion y Higashiyama. Aquí está la Kioto de las geishas y los farolillos rojos, la Kioto de los pequeños restaurantes en callejuelas bañadas por el humo del vapor y la dulzura del sake, la de las casas de te escondidas a los ojos demasiado poco sutiles de los extranjeros. Aquí esta la Kioto que andaba buscando.

Farolillo

Yusuke me sirve un sake. Debo reconocer que es el primero que pruebo, y es el primero de los muchos que tomaré con Yusuke durante mi estancia en Kioto. Vive en el hostal, en la misma habitación compartida en la que duermo yo. Por las mañanas atiende a los turistas y sirve desayunos, por las tardes descansa en la habitación leyendo y viendo series japonesas hasta la noche, cuando baja de nuevo al bar a beber sake y charlar con extraños y con una pequeña comunidad americana que se reúne allí. Las charlas en el bar del hostal serán muy agradables, compartiendo lo vivido con quien ya lo ha visto antes, a veces decepcionado al ver sus reacciones de aburrimiento, a veces feliz de descubrir en ellas una mueca de sorpresa al escuchar encantos solo visibles para quien camina despreocupado y sin prisa.

El último sake lo tomo en la terraza de la habitación, soñando con el mundo preconcebido que mi mente alberga tras el muro de restaurantes del otro lado del río. Nieva en esta tierra tan alejada de todo lo mío. Nieva en esta ciudad de cuento, en la que siempre soñé estar pero nunca pensé que fuera capaz. Nieva, y ahora mismo nada me parece más bonito que ver nevar en Japón.

Sombras grises de Bellmunt

Enero de 1955. Suena el despertador. Y lo hace con la dureza del frío invierno, con la soberbia del que se sabe poco querido pero aun así superior al sumiso que, mueca en la cara, desafía al tiempo y al destino dándose la vuelta en la cama. Serán solo unos segundos, pero el poder de ese instante provoca una sonrisa victoriosa en la cara de Remigio. Las madrugadas de enero en Bellmunt del Priorat son extremadamente frías, y la pereza de salir de la cama tira del minero con tanta fuerza que ni la promesa del paraíso aceleraría sus movimientos.

Remigio se viste para el trabajo con movimientos rutinarios y respetuosos. No viste de traje como los ingenieros, ni usa sombrero de copa como los responsables de la mina, más bien usa una boina emblanquecida por el paso de los años, por el sudor de su frente. Se mira en el espejo del pasillo y sonríe, la misma estampa que todos los días, quizá un rostro más duro y una mirada más intensa que la de aquel lejano diciembre, 40 años atrás, cuando su padre le puso la boina por primera vez, le pasó cariñosamente la mano por encima del hombro y lo invitó a seguirle por las calles de Bellmunt.

Trabajar en las minas de plomo siempre ha sido una buena opción para las familias de toda la comarca. Lejos de Barcelona, donde la ciudad crece a base de enormes barrios sin alma en las afueras, en los que los obreros llegados de todas partes se apilan resignados a luchar por una esperanza, en Bellmunt el trabajo es duro y pesado, pero la demanda de plomo sigue creciendo por lo que la producción aumenta año tras año.

Remigio se mira en el espejo, se peina el bigote y se aprieta la faja, respira, se da ánimos y sale a la calle. Por el camino hasta la mina, pasos, sombras, rumores y el olor del humo de las chimeneas. El mismo camino de cada día, ese trayecto de apenas 3 minutos que desde hace años hace solo, con actitud pensativa, recordando tiempos en los que compartía con su padre reflexiones y dudas, anécdotas y planes de futuro.

bellmunt

(Foto: Vagoneros en el interior de la mina, 1950. Copyright: Ajuntament de Bellmunt del Priorat. Autora: Mercè Masip)

Todo se truncó una mañana cualquiera del mes de abril de 1934. Ese día hablaron de la falta de seguridad en las nuevas galerías, del aumento de producción y del cumpleaños de la madre de Remigio. Ese día se despidieron con un “hasta luego” en la puerta del ascensor, se dieron un abrazo y cruzaron sus miradas por última vez.

Desde que aquella galería cediera matando a su padre y a varios mineros más, Remigio ha dedicado sus esfuerzos en defender los intereses de los mineros frente las decisiones de una dirección que soló piensa en producir más sin contemplar las consecuencias. Ha luchado contra lógicas arcaicas y tradiciones sin sentido, contra jefes y balances económicos, ha luchado por la vida y la dignidad, por su padre y sus hijos.

Hoy Remigio se despide de las minas, se jubila tras años de lucha y superación. Hoy Remigio se va contento por el trabajo hecho, orgulloso de las vidas salvadas, emocionado por el precio pagado. Hoy Remigio se va sabiendo que las minas son un lugar más seguro gracias a su trabajo, se va sabiendo que su padre, esté donde esté, le mirará con los mismo ojos orgullosos de aquel lejano diciembre, 40 años atrás, cuando le puso la boina por primera vez, le pasó cariñosamente la mano por encima del hombro y lo invitó a seguirle por las calles de Bellmunt.

Microrrelato presentado en el “IX Concurso de Microrrelatos Mineros Manuel Nevado Madrid” (no premiado)

Instants de felicitat irlandesa

Low lie the Fields of Athenry
Where once we watched the small free birds fly. 
Our love was on the wing we had dreams and songs to sing
It’s so lonely ’round the Fields of Athenry.

Recolzo l’esquena suaument a la butaca i, glop a glop, sense pressa i amb certa felicitat, em deixo transportar a petits pobles envoltats del verd més intens que he vist mai, a siluetes fosques de creus celtes en cementiris semi-abandonats, a pubs alegres i hospitalaris on el so de les gaites il·lumina les fredes nits irlandeses.

dublin

A l’Slattery Pub de Capel Street tot és calma. La pluja diària fa acte de presència i un molest vent agita els abrics dels dublinesos que acaricien les vores del riu Liffey. A la casa on m’allotjo un indonesi avariciós i un anglès estirat es fan silenciosa companyia al sofà a l’espera impacient de tornar a la feina el dia següent. Pel que sembla, llur companyia no satisfà la necessitat de simular sentir-se com a casa, i una actitud poc complaent a sentir-se part d’allò que els ha adoptat impregna la casa. Ofegat de tanta buidor anímica em refugio al pub creuant el carrer, on les parets són decorades amb instruments i pòsters de Guinness i la música irlandesa sona sense parar. Un trompetista pèl-roig guarda la trompeta a la funda, en silenci, resignat. De braços incòmodament llargs tapats per una camisa de colors cridaners, barret negre, orelles sortides i una finura magnificada per l’alçada, cara trista i mirada fixa a la porta del pub, l’observo imaginant-me’l donant classes a alguna universitat o venent llibres a domicili.

And it’s No, Nay, never, 
No, nay never no more 
Will I play the wild rover,
No never no more

The Wild Rover contextualitza l’entrada de nous membres de la banda. Un a un, el degoteig de més persones vestides amb camisa de colors cridaners i barret negre sembla calmar la desesperació del trompetista pèl-roig, que amb un somriure confiat saluda als benvinguts. Un saxo, el bateria, un violí, un altre saxo…la sala va omplint-se de músics i instruments mentre miro al meu voltant sentint-me estrany entre tanta coloraina. No hi ha ningú més a la sala, i això em fa sentir poc digne de tanta activitat pre-musical. Els 12 músics de la banda, tots ells vestits amb camisa de colors cridaners i barret negre, afinen els respectius amb delicadesa i concentració. Poc a poc aixequen la vista i observen la tragèdia, tant sols un sofà resta ocupat per algú que sembla més concentrat en escriure i llegir que en la seva música. La pluja i el vent continuen fent de l’Slattery Pub un fort amb poc interès per ser assaltat, així que assumint la derrota i amb molta professionalitat, una flauta inicia la melodia d’un instant de felicitat irlandesa. Another pint of Guinness!!

Serà gairebé una hora de música irlandesa, de clàssics mil i una vegada escoltats als pubs plens de Fleet Street, entre càntics emotius i cambreres amb edificis de gots de pinta buits camí de la barra. Música que et desperta de l’angoixa i et fa volar fins als camps preciosos de l’interior d’Irlanda, on el temps sembla edulcorar-se i simplificar una existència mil·lenària. Alguns vam anar a Irlanda amb la il·lusió d’aprendre a entendre què diuen i, sense imaginar-nos-ho, vam tornar amb un trosset menys de la nostra ànima. Per tot allò que vaig viure i veure, per aquell país tant meravellós i per aquells 12 músics vestits amb camisa de colors cridaners i barret negre, “Sláinte!!”

How can I leave the town that brings me down
That has no jobs
Is blessed by god
And makes me cry

Dublin

And at sea with flowing hair
I’d think of dublin
Of grafton street and derby square
And those for whom I really care and you

In Dublin

Iaia, 100 anys! I que en siguin molts més

Artista en convertir les coses quotidianes en preciosa poesia, iaia de mans arrugades i cor fort, somriure infantil i caminar segur. La iaia dels macarrons i dels iogurts de vidre, la de les històries repetitives i aventures de la guerra, la que somiava en arribar viva a les Olimpíades de Barcelona, avui fa 100 anys.

De petit em deia: “Agafa’m del bracet, que la iaia està molt velleta i li costa caminar”, inclús em va fer guardar un bastó “per quan la iaia no pugui caminar sola”. Avui, més de 20 anys més tard, el bastó acumula pols al fons de l’armari, mentre nosaltres gaudim, amb certa sorpresa i admiració, com la iaia envelleix cada dia més riallera, més penques i més desenfrenada.

Iaia 100 anys

Parlar amb ella és escoltar històries en blanc i negre, històries de repúbliques, de guerra i de fam, però també d’esperança, de lluita i de superació. És riure escoltant com canta els Segadors i l’himne del Barça, o sorprendre’t mentre recita algun poema d’infància. És reviure les històries de Macià i del general Batet, o tornar als balls d’abans de la guerra on va conèixer el meu avi. Tant bon punt t’explica com vivia de petita al Poble Sec com que ara, que està velleta, li fa mandra planxar.

Iaia, t’estimo i t’admiro com a poques persones he estimat i admirat. Em fa feliç veure’t riure amb la teva filla, amb els teus néts i besnéts. Em sap greu tenir-te lluny, però quan tinc ganes de parlar amb tu sé que només he de trucar. Seuràs a la cadira davant del telèfon, i m’explicaràs coses de quan eres petita, de la guerra, del “General persiana” o dels meus pares. Ploraràs un moment recordant el teu fill i em preguntaràs perquè ell i no tu, però de seguida canviaré de tema i parlarem de l’avi i del teu germà, de Barcelona, de quan vas anar a París i del Poble Sec. Després de tot això, és possible que tornem a començar.

Iaia, 100 anys! I que en siguin molts més.

El coliseo de El Djem. Sangre y muerte, gladiadores y princesas bereberes

Las tropas del emir Hasan se refugian del implacable sol en las cercanías del monumental coliseo de El Djem. Cansados y aburridos, observan pacientemente los muros impenetrables de tal maravilla, exageradamente alta y sólida respecto cualquier edificio que hayan encontrado desde la lejana Cartago. Piedra y ceniza, olivos y arena. Todo es calma en esta mañana del año 701. Allí donde gladiadores ganaron la vida y la muerte a merced del capricho de unos pocos 200 años atrás, hoy se refugia la princesa bereber Kahena y su pueblo guerrero. Luchan contra la invasión árabe del norte de África, dejan tras de si campos quemados, batallas, muerte y toda esperanza de victoria.

El Djem

Más de 1300 años después, pongo el pie en la estación de louage de El Djem. Polvo y ruido, decenas de furgonetas mal aparcadas y gritos y empujones en cada rincón: el caos habitual de las estaciones de louage tunecinas. Llego a El Djem casi de casualidad, sin grandes esperanzas de encontrar sorpresas, tras unos días agradables en Kairouan. Al norte de la majestuosidad sobrecogedora del desierto y de la esperanza cinéfila de los oasis, cerca de salares y ciudades sagradas, entre campos de olivos y vías de tren se encuentra el municipio de El Djem, parada obligatoria para aquellos amantes de la arquitectura romana, y muy recomendable para los que, como yo, simplificamos o nos obsesionamos de vez en cuando por vivir un paisaje que, aun siendo sobrecogedor, no merece ocultar las demás bellezas del camino.

La estación de tren está casi desierta, nadie en las oficinas ni en las puertas, solo un par de chavales fumando sentados con los pies en las vías. Diálogo de besugos y comunicación por señas, algunas risas y gesticulaciones nerviosas, las costumbres primitivas que siempre funcionan. La seguridad de los chavales en las vías está más que justificada, no se espera ningún tren hasta dentro de dos días. Aunque en varias ocasiones me han recomendado viajar en tren por Túnez, ya sea por comodidad o velocidad, no hay duda de que la rigidez de los horarios y la poca frecuencia de paso hacen que viajar en louage o autobús sea mucho más recomendable.

El Djem coliseo

Todas las calles llevan al coliseo. Así, al menos, parece haber sido diseñada esta ciudad de casas bajas y blancas, calles abarrotadas de mercados y gente por todas partes. No, no es una ciudad bonita en realidad. La calle principal termina en la entrada del coliseo, una pequeña explanada donde un par de camellos pacientes esperan que algún turista le apetezca pagar por una foto. Ni tan siquiera me miran, ni ellos ni los vendedores ambulantes, quizá tan perezosos que ni la esperanza de vender un collar les anima a levantarse de la silla. Quizá ya me haya mimetizado en bereber y esa camisa y zapatos extraños solo sean una frivolidad de quien ha tenido que emigrar a Europa para ganarse la vida, o quizá no se animen a vender a un solo turista a primera hora de la mañana. Ya vendrán los grupos, deben pensar.

el jem

Es 24 de diciembre por la mañana. Los pocos grupos de turistas que llegan al coliseo lo hacen casi 40 minutos después que yo, por lo que tengo tiempo de disfrutar de esta maravilla con el silencio y tranquilidad que se merece. Aunque más pequeño que el de Roma, este coliseo está mucho mejor conservado. Entrar a la arena por una de las puertas laterales y dejar volar la imaginación, soñar que la estructura desaparecida renace y que los 4 niveles de gradas se llenan de gente famélica de sangre y muerte, el griterío y el olor del miedo, los gladiadores, las fieras y las carreras de carros. Sin duda no tiene el pedigrí de otros templos, pero en pocos lugares uno siente tan de cerca el aliento de la historia.

El Djem arena

La leyenda cuenta que un túnel secreto unía el coliseo con el mar, 30 Km. al este, por lo que los bereberes pudieron sobrevivir los 4 años de asedio pescando en el mar. No está claro cómo terminó la guerra, hay quien dice que la princesa Kahena fue asesinada por su amante, otros dicen que se suicidó con veneno al ver inminente la derrota. La gente de El Djem incluso sostiene que la princesa vivió más de 120 años y que era muy hermosa. Fuera de leyendas bereberes, quien viaje a Túnez buscando vestigios de las Guerras Púnicas y se decepcione con las pocas ruinas de Cartago, es muy recomendable viajar unas horas al sur, donde la arquitectura romana alcanza su mayor resplandor en el continente africano, donde el ruido de espadas y leones aún resuena en las gradas vacías del coliseo, pronto por la mañana, cuando los camellos y los vendedores ambulantes aún descansan, cuando pisar la arena te transporta en el tiempo a una época de sangre y guerras. Quizá, con suerte, incluso se pueda ver a Kahena y sus tropas bereberes siglos después, encerradas en el coliseo casi 4 años, viajando en ese misterioso túnel que los conectaba con el mar, resistiendo frente a las tropas del emir Hasan, en una de las últimas batallas por el control del norte de África.

Stitched Panorama(foto de Mahmoud Mensi)

Reflexions d’un tiet esperant el seu nebot

Habitació 707, Sant Joan de Déu,

Una infermera m’obre la porta de l’habitació i em comenta que esperi dins, que això pot trigar una mica i que millor que em posi còmode. Són les 2 de la tarda d’un dia que havia de ser qualsevol però que acabarà sent inoblidable, si més no pels que fa tants mesos t’esperem. Miro per la finestra i tafanejo per l’habitació, els hospitals em porten mals records i evito trepitjar-los tot el que puc, però avui aquesta habitació em transmet alegria i bones vibracions. Escolto el plor llunyà d’algun nen pel passadís i no puc deixar de pensar en què estarà passant allà baix, si hauràs sortit ja o no, si la Laura està bé, si el Pablo està amb ella. Fins ahir eres una imatge més o menys borrosa a una pantalla, el registre nerviós del teu cor sobre un paper, una alegria continguda, una panxa que creixia i creixia, una esperança, una emoció.

Tinc moltes coses a dir-te i moltes persones de qui parlar-te. Tinc ganes d’explicar-te qui eren els teus avis i com ets qui ets gràcies, en part, a ells. Tinc ganes d’ensenyar-te fotos i explicar-te com de forta era la teva àvia i com de genial va ser el teu avi, com els dos ens van donar lliçons de lluita i esperança en els moments més durs, com van lluitar perquè tu, algun dia, poguessis estar aquí. Algun dia et veuré cordant els cordons de la sabata i pensaré en la teva àvia i com renyava a la meva iaia quan ens els cordava ella, perquè volia que ho féssim sols. Algun dia et reculliré a la sortida de l’escola i pensaré en aquelles tardes, poques, en les que el teu avi ens venia a buscar per sorpresa i sortíem corrents a abraçar-lo. També et parlaré dels teus pares i de los orgullós que has d’estar d’ells, de com han lluitat per tirar endavant en situacions duríssimes i de lo feliços que són des de que saben que hi ets. Però no cal córrer, tenim tot el temps del món i cap necessitat de tenir pressa.

Tinc moltes coses a dir-te i moltes persones de qui parlar-te. Potser algun dia, quan llegeixis aquest escrit, jo sigui el tiet extrany que apareix de tant en tant i amb el que no tens gaire a parlar. O potser sigui aquell tiet amb el que et sents més proper i confident, el que et fa somriure i al que tens ganes de veure. Potser trobarem un espai comú, on tots dos ens sentim a gust i compartim temes i converses, o potser no, i què més dóna?

Si, tinc moltes coses a dir-te i moltes persones de qui parlar-te, però no cal córrer, tenim tot el temps del món i cap necessitat de tenir pressa. De moment tu encarrega’t de sortir bé i no emprenyar massa a la Laura, que jo t’espero a l’habitació 707 nerviós i il·lusionat, escrivint a un paper tot guixat i amb moltíssimes ganes de veure’t, per fi, en persona. Benvingut Mario!

21 de novembre de 2012, 14:20, habitació 707 de Sant Joan de Déu

p.d. una estona més tard m’avisen que ja has sortit, que tot ha anat molt bé i que tu i la Laura esteu bé. Algú ha dit un “per fi ja s’ha acabat!”, jo el que crec és que, precisament ara, és quan tot comença. Una abraçada del teu tiet Amadeu!

La aventura de viajar en tren por China

Se abren las puertas del tren y una fila de chinos con maletas entra en silencio y con cara de sueño. Son las 4 de la mañana y estamos en algún lugar entre Pingyao y Xi’an. Sin poder dormir observo a los nuevos compañeros de vagón, no sé donde van a encajar entre la multitud, ya no digo sentarse porque no hay asiento vacío ni posibilidad de apretarse más, ni tan siquiera hay muchos huecos libres en el suelo, ocupado por gente durmiendo, más maletas y basura. El tren se pone en marcha y poco a poco los nuevos van encajando, uno bajo un asiento, otro moviendo a un dormido, y la gran mayoría de pie.

Comprar un billete de tren puede ser más complicado de lo que parece, al menos si lo que se quiere es tener una cama donde dormir y no compartir vagón con cientos de personas. Los billetes salen a la venta pocos días antes del viaje, y los que ofrecen una cama donde dormir se agotan rápidamente, por lo que es probable que se tenga que rezar para que queden, al menos, billetes con asiento, ya que sino se deberá hacer el viaje de pie (es decir, con suerte tirado en el suelo). Existe la opción de comprar el billete por internet, aún a riesgo de pagar el doble del valor real, pero en caso de tener tendencia a sufrir ataques de ansiedad en espacios cerrados abarrotados de gente es una solución recomendable.

En el vagón viajamos con una representación de las mil y una chinas que existen: desde la familia que vive en una chabola y que se dedica al cultivo de arroz, cara quemada por años de sol, manos duras como caparazones y espalda doblada, hasta los jóvenes modernos ávidos de alta tecnología, recién salidos de la peluquería y vestidos con ropa a la última. Entre estos extremos una infinidad de posibilidades, un mar de realidades en un solo país, como trenes que avanzan en paralelo pero a velocidades muy diferentes. Mientras unos viajan por el mundo, aprenden idiomas y expanden con orgullo su país, otros siguen viviendo en la burbuja china, en la que nada del exterior entra más que lo que el gobierno quiera, en esa China que se dice comunista pero que es ultra-capitalista, donde en Tian’anmen nunca ocurrió nada malo y la Revolución Cultural maoista fue un gran proyecto de educación nacional.

Revisando los libros que leí en China encuentro un escrito a lápiz y muy mala letra en los espacios en blanco de varias páginas de “China para hipocondríacos”, de José Ovejero. Recuerdo buscar desesperadamente algún sitio donde escribir, más que por inspiración por necesidad de mantener la mente pensando en otra cosa que no fuera tratar de dormir o mirar a mis compañeros de vagón.

Dada la imposibilidad de moverme a buscar la libreta, a riesgo de despertar no solo a Natàlia sino a varios funambulistas de la noche, decidí escribir en cualquier hueco que encontré. Dice así: “Los asientos van llenos de gente, donde hay 3 asientos normalmente se sientan 4, a veces incluso más. Viajan familias que sacan sus botellas y platos de fideos chinos por todos lados. El agua caliente la obtienen de un grifo al lado del baño. A veces guardan los recipientes vacíos, a veces los tiran al suelo, así como las pipas y papeles. De vez en cuando pasa el revisor barriendo el pasillo, recogiendo unos cuantos kilos de plástico y papel en cada vagón. También pasan con carritos vendiendo fruta, fideos o caramelos, chillando por el pasillo como si fuera un mercadillo, casi atropellando a los que duermen en el suelo. Son las 2 de la mañana, la gente que está despierta actúa como si fuera de día: uno escucha la música con los altavoces del teléfono al máximo, otros se ríen y hacen bromas sin bajar la voz. Otros se despiertan, los miran y vuelven a dormir, nadie se queja o protesta. El hombre frente a mi duerme encima de la mesa con un brazo extendido, que queda a un palmo de mi cara. Lleva así al menos 2 horas. Ahora Natàlia duerme, veremos hasta cuando. Tiene un hombre durmiendo en el suelo con la cabeza apoyada en sus pies, y un hombre de pie que le roba el poco espacio vital cada vez que se descuida. Se ha tapado las piernas con una manta porque andaban locos mirándole la falda, de esa forma tan directa y molesta, sin pestañear siquiera. Hemos sido un entretenimiento para el personal durante varias horas, sobretodo ella, pero poco a poco la gente deja de mirarnos. El hombre frente Natàlia alarga el cuello como una jirafa sin disimular para leer lo que estoy escribiendo ahora mismo. Lo miro y me mira. No hace ningún gesto, ni pestañea ni ríe ni desvía la mirada, solo mira con curiosidad qué hace un occidental rallando un libro con letras extrañas”.

Al llegar a Xi’an se despierta mi vecino de delante. Es un hombre de unos 45 años, ojos muy rasgados, dientes amarillos y sonrisa molesta. Abre los ojos, se estira un poco, se concentra y suelta un pedo enorme. Ya hace días que andamos por China y no nos sorprende ni que se tiren pedos ni que nadie reaccione ante el sonido alegre. Me mira, sonríe, me dice varias veces lo mismo hasta que se da cuenta de que no entiendo nada de lo que me dice. Mira el libro, lo coge, lo lee y se ríe. Esa sonrisa amarilla, esas manos sucias tan cercanas durante toda la noche, esa multitud de gente encerrada en un vagón, sin poderse mover, sin poderse dormir, con ese calor del agosto chino. Nos ponemos de pie y recogemos las maletas, al fin hemos llegado a Xi’an después de 7 horas. Mi vecino suelta un erupto al levantarse, se friega la barriga con las manos y sonríe orgulloso. De pronto, baja la mirada y escupe al suelo. En ese instante rezo para que mis albarcas queden lejos de la trayectoria.

Nota:

Reconozco que si leyera estas líneas de otra persona nunca en mi vida viajaría en tren por China. Sin embargo, me parece una experiencia casi obligatoria para entender un poco más cómo funciona la sociedad china. Si viajar es tratar de fusionarse al máximo con la vida de la gente sin parecer, en la medida de lo posible, un bicho raro, entonces el viaje en tren es una experiencia de gran intensidad y veracidad.

Las fotos no son mías pero creo que se parecen un poco a lo que pudimos vivir.

Cantando guantanamera

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