Sombras grises de Bellmunt

Enero de 1955. Suena el despertador. Y lo hace con la dureza del frío invierno, con la soberbia del que se sabe poco querido pero aun así superior al sumiso que, mueca en la cara, desafía al tiempo y al destino dándose la vuelta en la cama. Serán solo unos segundos, pero el poder de ese instante provoca una sonrisa victoriosa en la cara de Remigio. Las madrugadas de enero en Bellmunt del Priorat son extremadamente frías, y la pereza de salir de la cama tira del minero con tanta fuerza que ni la promesa del paraíso aceleraría sus movimientos.

Remigio se viste para el trabajo con movimientos rutinarios y respetuosos. No viste de traje como los ingenieros, ni usa sombrero de copa como los responsables de la mina, más bien usa una boina emblanquecida por el paso de los años, por el sudor de su frente. Se mira en el espejo del pasillo y sonríe, la misma estampa que todos los días, quizá un rostro más duro y una mirada más intensa que la de aquel lejano diciembre, 40 años atrás, cuando su padre le puso la boina por primera vez, le pasó cariñosamente la mano por encima del hombro y lo invitó a seguirle por las calles de Bellmunt.

Trabajar en las minas de plomo siempre ha sido una buena opción para las familias de toda la comarca. Lejos de Barcelona, donde la ciudad crece a base de enormes barrios sin alma en las afueras, en los que los obreros llegados de todas partes se apilan resignados a luchar por una esperanza, en Bellmunt el trabajo es duro y pesado, pero la demanda de plomo sigue creciendo por lo que la producción aumenta año tras año.

Remigio se mira en el espejo, se peina el bigote y se aprieta la faja, respira, se da ánimos y sale a la calle. Por el camino hasta la mina, pasos, sombras, rumores y el olor del humo de las chimeneas. El mismo camino de cada día, ese trayecto de apenas 3 minutos que desde hace años hace solo, con actitud pensativa, recordando tiempos en los que compartía con su padre reflexiones y dudas, anécdotas y planes de futuro.

bellmunt

(Foto: Vagoneros en el interior de la mina, 1950. Copyright: Ajuntament de Bellmunt del Priorat. Autora: Mercè Masip)

Todo se truncó una mañana cualquiera del mes de abril de 1934. Ese día hablaron de la falta de seguridad en las nuevas galerías, del aumento de producción y del cumpleaños de la madre de Remigio. Ese día se despidieron con un “hasta luego” en la puerta del ascensor, se dieron un abrazo y cruzaron sus miradas por última vez.

Desde que aquella galería cediera matando a su padre y a varios mineros más, Remigio ha dedicado sus esfuerzos en defender los intereses de los mineros frente las decisiones de una dirección que soló piensa en producir más sin contemplar las consecuencias. Ha luchado contra lógicas arcaicas y tradiciones sin sentido, contra jefes y balances económicos, ha luchado por la vida y la dignidad, por su padre y sus hijos.

Hoy Remigio se despide de las minas, se jubila tras años de lucha y superación. Hoy Remigio se va contento por el trabajo hecho, orgulloso de las vidas salvadas, emocionado por el precio pagado. Hoy Remigio se va sabiendo que las minas son un lugar más seguro gracias a su trabajo, se va sabiendo que su padre, esté donde esté, le mirará con los mismo ojos orgullosos de aquel lejano diciembre, 40 años atrás, cuando le puso la boina por primera vez, le pasó cariñosamente la mano por encima del hombro y lo invitó a seguirle por las calles de Bellmunt.

Microrrelato presentado en el “IX Concurso de Microrrelatos Mineros Manuel Nevado Madrid” (no premiado)

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