Sueños de Kyoto

Pongo el pie en Kyoto imaginando un mundo de samuráis y castillos japoneses, de pequeñas casas de te en callejones estrechos y oscuros, donde el caminar de una geisha atraviesa el tiempo y se desliza entre las sombras traicioneras de las afiladas esquinas del barrio de Gion. Un mundo de jardines perfectos, ambientados con el rumor armónico y bello del agua y del viento, con el sonido de las katanas y los dongs, de las palabras hechas poesía a los oídos curiosos y desafinados del extraño. Sin embargo, anchos e iluminados túneles me transportan al magnífico vestíbulo de la estación de tren, una maravilla arquitectónica moderna de 11 plantas, rodeada de anchas calles llenas de coches y altos edificios rectangulares de ese gris hormigón tan frío y tan de todas partes.

En el enorme panel electrónico de la estación, bellos símbolos japoneses se mezclan con números carentes de sentido para mi. Una mujer diminuta se acerca sonriendo, lleva una pequeña libreta roja entre las manos arrugadas y frágiles. Un gris oscuro asoma de su sonrisa casi vacía de dientes, pelo descuidado, ojos diminutos de mirada divertida. Tira de mi mochila para llamar mi atención. Parece muy vieja, milenaria, entrañable. Habla nerviosa señalando el panel de la estación, indicándome algo carente de sentido para mi. Trato de irme alegando no entenderla pero me sigue con la mano agarrada a mi mochila unos metros, hasta que desesperada se coloca frente a mi y abre la libreta, señalando una de sus páginas. En bellas letras escritas por manos temblorosas y arrugadas consigo leer:

どういったご用件ですか?// Can I help you?

Hace frío en la tierra de los cerezos perezosos de primavera, cuyo blanco latente dirige el alma de un país milenario.  De camino al hostal, enormes avenidas rodeadas de centros comerciales y pequeños restaurantes, callejones bulliciosos de estudiantes camino a casa, un tímido riachuelo silencioso entre pequeños palacios de madera, cuyas plantas desafiantes muerden el asfalto más desgastado. Cae la noche cuando llego al río Kama-gawa, las luces de las calles más comerciales se iluminan a la velocidad que oscurecen los callejones estrechos de Gion y Higashiyama. Aquí está la Kioto de las geishas y los farolillos rojos, la Kioto de los pequeños restaurantes en callejuelas bañadas por el humo del vapor y la dulzura del sake, la de las casas de te escondidas a los ojos demasiado poco sutiles de los extranjeros. Aquí esta la Kioto que andaba buscando.

Farolillo

Yusuke me sirve un sake. Debo reconocer que es el primero que pruebo, y es el primero de los muchos que tomaré con Yusuke durante mi estancia en Kioto. Vive en el hostal, en la misma habitación compartida en la que duermo yo. Por las mañanas atiende a los turistas y sirve desayunos, por las tardes descansa en la habitación leyendo y viendo series japonesas hasta la noche, cuando baja de nuevo al bar a beber sake y charlar con extraños y con una pequeña comunidad americana que se reúne allí. Las charlas en el bar del hostal serán muy agradables, compartiendo lo vivido con quien ya lo ha visto antes, a veces decepcionado al ver sus reacciones de aburrimiento, a veces feliz de descubrir en ellas una mueca de sorpresa al escuchar encantos solo visibles para quien camina despreocupado y sin prisa.

El último sake lo tomo en la terraza de la habitación, soñando con el mundo preconcebido que mi mente alberga tras el muro de restaurantes del otro lado del río. Nieva en esta tierra tan alejada de todo lo mío. Nieva en esta ciudad de cuento, en la que siempre soñé estar pero nunca pensé que fuera capaz. Nieva, y ahora mismo nada me parece más bonito que ver nevar en Japón.

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